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martes, 14 de febrero de 2012

Terapia de Amor.


La jornada había sido larga en el viejo edificio del 14 Rúe del Percebe, donde la consulta privada del psicoanalista más reputado de toda la ciudad hacía las veces de vertedero intimista, frontón imaginado donde escupir toda preocupación incompatible con la conciencia. La habitación, en un ambiente sepia provocado por los interruptores con regulador de intensidad, estaba sumida en la misma calma que tienen todos los finales de jornada laboral. Tras recoger unos papeles, el licenciado se disponía a sacar una botella de vino blanco y dos vasos, escondidos a la curiosa vista de sus pacientes; escuchó la puerta sabedor de la llegada de su atractiva recepcionista, con la que compartiría algo del cariño que ya no encontraba bajo las faldas de su esposa. Pero esta vez no estaba sola, un intento de hombre, rubio y de estatura tan pequeña como la tesitura de unos timbales, esperaba en la penumbra con cara de extrema falta de amor por sí mismo y su gusto por las gafas de pasta.

-Ha llegado un paciente de última hora, Valentín Cupido Fernández.

-Parece grave, que pase.

La nerviosa figura se acercó hacia el centro de la habitación sin sacar sus manos de los bolsillos del pantalón y paseando un caramelo, quizás de miel, dentro de su boca.

-El Fernández no le pega mucho al resto de su nombre.

-Mi abuela materna enviudó siete veces, por causas ya prescritas.

-Interesante, tengo algo de prisa...

-Perdone que le moleste a estas horas doctor.

-Tranquilo, le cobraré el doble.

-Es un alivio.

-Póngase cómodo en ese sofá.

-¿Puedo quitarme los zapatos?

-Y las gafas si quiere. ¿Qué le preocupa?

-Todo empezó hace bastante tiempo, doctor. Pronto se convirtió en un constante azote que no salía de mi cabeza y, estos últimos días ya ni duermo; he perdido el apetito, sólo escucho canciones de Barry White y hasta estuve dos días sin hacer la colada, está siendo muy duro.

-Continúe, explíquese hombre.

-Pues verá, yo me dedico a una de las industrias más poderosas, la seducción.

-Nadie lo diría.

-Antes era más fácil enamorarse, ya sabe, no había televisores, la gente hablaba al llegar a casa con sus compañeros y se mantenía viva la llama más tiempo. Pero ahora, a parte de que hay parejas que rozan la treintena viviendo con sus padres, las cosas no me van igual, ya no consigo la efectividad de antaño y no sé si es que me estoy haciendo viejo o que perdí el atractivo, el gusto por lo romántico.

-¿Ha intentado informarse? Ya sabe, verse reflejado en otros casos, comparar...

-Es lo primero que hice y en qué mala hora, doctor... Consulté foros de Internet, blogs especializados, prensa rosa, amarilla y de todos los colores... Lo veo todo negro, cuando miro a la gente como lo estoy mirando a usted ahora mismo, les imagino unos cuernos virtuales encima de sus cabezas.

-Vaya, eso es interesante aunque no me sorprendería lo contrario.

-¿Voy a necesitar mucha terapia doctor?

-Dudo mucho que este caso corresponda a mi campo.

-¿Pero conoce el diagnóstico?

-Usted sólo padece una rotura de corazón.

-¿Y eso tiene cura?


GAME LOVER.


miércoles, 30 de noviembre de 2011

Taxímetro


Los días cada vez son más grises, a la par que las sensaciones se vuelven más profundas. Mientras baja por el zurcido sendero que lo lleva hasta la playa, intenta recordar desde cuándo acostumbra pasear allí por las mañanas. No es capaz, es una de esas cosas que aunque sabes que no han estado ahí siempre, parece que nunca han dejado de pertenecerte. En el instante en que vislumbra el inicio de la arena, anuda las deportivas entre sí y las porta con dejadez hasta la orilla. Conoce el sitio y aún tendrá que esquivar amenazantes guijarrillos que la suelen tomar con la planta de sus pies, pero no puede traicionar a su instinto salvaje con unas chanclas de goma industriales, sería hasta triste defenderse de un poco de dolor natural armado con comodidades evolutivas.

Hoy hace frío, los meses de calor se consumieron hace mucho y una tierna neblina acuna el horizonte diluyéndose en la orilla, provocando una ceguera orientativa. Esa porción de costa es larga, casi eterna, y la evocación de sentirse en un desierto solitario, casi universo paralelo, es más que latente. Sus poros ya protestan el apresurado cambio de humedad, su olfato saborea el salobre y sus pies transpiran granos de arena como si de sudor se tratara. Siempre se sienta a pocos metros del agua, justo en la frontera donde el marrón pálido se pierde para tornar en oscuro. Antes aprovechaba para encender un cigarrillo en esa posición, con el tiempo pasó a liarlos en un ritual más pausado y ahora, pese a haber logrado destronar ese vicio, sigue manteniendo la pauta de adoptar la misma postura reflexiva, asomado al balcón abismal entre lo cotidiano y lo obsoleto.

"Somos animales de costumbres", piensa mientras observa las imperfecciones de sus manos, "tengo que cortarme las uñas". Entonces adapta los dedos a la comisura de sus labios, como si de un autómata se tratara, y silba con fuerza esperando la reacción de su compañero. Él llegó bastante antes a la playa, las cuatro patas peludas le permiten satisfacer su impaciencia. Correteaba tranquilo por los alrededores, sabedor del aburrido ritual de su dueño, y ahora, tras escuchar la frecuencia del silbido, vuelve con la lengua colgando, con esa cara de felicidad tan característica de la libertad, del desconocimiento de temas banales y problemas existenciales. Lo que nos diferencia de los animales es que ellos no se flagelan en ambigüedades ni paradojas.

Nunca le suele hablar, aprendió que el lenguaje más efectivo son los gestos y las miradas. Intentó probarlo con las personas, en su retraída forma de ver las cosas, pero nunca funcionó. Por eso ama a ese ser, como nunca lo haría con nadie, por el nivel de complicidad que han conseguido ambos. Sabe que ya está mayor, que un día se marchará para siempre, pero no deja de verlo como una anécdota transcendental en su camino. Mientras el perro intenta llamar su atención se hace el interesante, y hasta que no le ladra con las piernas delanteras estiradas nunca mueve ni un músculo. "Esa es la señal, es hora de andar", se dice levantando todo su cuerpo con ayuda de sus brazos, sus manos se llenan de polvo y su mente de emociones.

Deja las llaves de casa dentro de las zapatillas, olvidadas hasta que regrese, "no pasa nadie por aquí a estas horas y en esta época, y si lo hiciese ni se fijaría en las viejas deportivas, aunque hay gente para todo". Le gusta el efecto que le produce el agua en los pies, por eso siempre anda por la orilla y después de una considerable distancia se para y mira hacia atrás, comprobando sus progresos. Entonces recuerda aquellas jornadas de verano, cuando bajaba junto con su familia y sus vecinos, en vacaciones para tostar sus pieles. Cuando era más pequeño solía participar en los juegos de los demás niños, pero con el tiempo se volvió más introvertido, casi tanto como orgulloso, cosas de la pubertad.

Tiene memorizado a aquel señor como si lo tuviera delante, forjó una amistad estival con su padre que se repetía año tras año, llegaron a telefonearse para coincidir en sus fechas. Era grueso, alto y lucía un bigote estalinista de iguales dimensiones, y al verlo en bañador con el torso peludo encumbrando la barriga enrojecida, le evocaba a una morsa en su infantil imaginación. De maneras campechanas, era ese tipo de persona por la que un niño chico se escondería tras las piernas de su madre, mitad atemorizado y mitad avergonzado. Fue el primero que le habló como se le habla a un adulto, a un hombre. De aquel verano de sus 14 primaveras rememora ya pocas cosas, pero aquella conversación jamás se le olvidará.

-¿Qué haces ahí parado? ¿No juegas con los demás?- Le dijo con los brazos en jarra y el mostacho empapado por un reciente baño.
-Prefiero mirar.- Respondió con cierta dejadez poco amistosa.
-Voy a dar un paseo, si te apetece puedes venir. Tu padre dice que está cansado.- Insistió con una sonrisa que enseñaba un piano por dientes.
-Bueno...
-Venga pues vamos, no me gusta andar solo. Llegamos hasta la piedra y volvemos.- Casi le disloca un brazo al agarrarlo para que se levantara. Mientras se alejaban no podía dejar de mirar al suelo aguantando el absurdo monólogo. Poco le importaban las anécdotas de la mili, si el Deportivo debía haber ganado la liga o el nuevo Tour de Induráin...

-¡Chaval que estás en Babia! Te he preguntado qué tienes pensado hacer en el futuro.- Le dijo, arrugando el ceño por el sol de lado que ya apretaba.
-Ah... pues... ganar dinero supongo.
-¡Sajodío! Como si eso fuera fácil... Oye si descubres la manera me lo dices, así saco a mi Chari de la escuela que los niños la llevan loca, y yo me compro un Mercedes por taxi.- Bromeaba mientras abría el mondadientes que había cogido en el desayuno.
-Estudiaré, creo que Derecho... Seré juez, ganaré mucho dinero, tendré una casa grande y un coche caro. Yo no me voy a arrastrar, me da igual la gente, todo el mundo es cruel así que es mejor pasar del tema, no sé si me entiende, ir cada uno a lo suyo, así son las cosas.- Soltó sin casi darse cuenta, como si de rabia contenida se tratara y, conforme iba avanzando en su retahíla, era como si otra persona fuese la que hablaba. Cambió el semblante de su contertulio y bajaron la marcha.

-Date la vuelta, mira el suelo.
-¿Qué?- Preguntó confundido.
-¿Qué ves?
-Mis huellas, supongo.
-¿Sólo?
-¿Qué quiere que vea?
-Fíjate con cuidado, es tu rastro. Algunas, las más distantes, quedan ahí y otras se las lleva el mar... Primero las emborrona, luego las diluye y al final las consume, nunca han existido. Eso es la vida.
-No entiendo.
-Pues que siempre tengas esto en cuenta. Por mucho que quieras hacer algo, por mucho que intentes marcar huella, la vida seguirá ocurriendo aunque te empeñes en lo contrario.
-¿Entonces no es bueno tener aspiraciones? Lo siento pero me parece absurdo.
-Claro que sí, soñar no tiene nada de malo. Pero para eso hay que pisar sabiendo.- Respondió esperando una pregunta.
-¿Sabiendo el qué?
-Que quizás algún día cambien nuestros planes, bien porque decidimos pisar en otro sitio o porque es nuestra vida la que los borra. No podemos hacer nada y, por mucho que aspiremos o por mucho que queramos, nunca hay que olvidar que las cosas más sencillas son las que suelen aguantar las oleadas.
-Ahora sí que no me entero...
-La familia, los amigos, el amor, los miedos, el fracaso... Cuanto menos creemos que pesa algo, siempre es lo que más cuenta. Pero esa es otra historia chaval, con el tiempo lo entenderás. Volvamos que tengo ganas de un trozo de tortilla y unas aceitunas, ¿hay algo más sencillo que eso?- Y esa cuestión quedó en el aire para siempre, le guiñó el ojo, se colocó el palillo y volvieron sin más.

Desde entonces, sólo le quedó en claro que los taxistas son los filósofos del futuro. No sabe si de verdad comprendió a ese hombre o si aún hoy, con el peso de los años, ha llegado siquiera a saborear el verdadero cuerpo de esas palabras. Nunca llegó a ser juez aunque sí ha cumplido alguno de sus sueños, pero con seguridad fue la arrogancia de la adolescencia, la que lo llevó a no vislumbrar ni un ápice de lo dicho, y quizás lo ayudaron sus costumbres a alcanzar la madurez. Deben de ser esos pequeños detalles los que nadie valora por haberlos convertido en monótonos, los que escapan a la percepción de cualquiera. Como los sonidos que sí es capaz de escuchar su perro, un sumiso animal, y en cambio él, poderoso hombre, ni los advierte en su ignorancia. "¿Cuál será la primera vez que vine aquí solo, una mañana?"



viernes, 10 de diciembre de 2010

Sentido Único.

La vida, mi vida, ha sido un paseo empedrado que he tenido que andar descalzo, preso en la cárcel de las circunstancias confesé hace mucho tiempo merecer lo que tengo, me llaman incomprendido y en esta cruda carrera, pese a mi madura juventud, la espalda de la sociedad me resulta demasiado familiar. Lucho y sobrevivo porque aún me siento humano y vivo, con esa pelea constante entiendo que nadie ya regala nada, no me malinterpretéis, no quiero dar pena a nadie pues aún me queda algo de orgullo, pero añoro el tiempo en el que la existencia dejaba a los hombres hacerse a sí mismos y, en mi camino doloroso, disfruto con las pequeñas cosas que son mi mayor fortuna y mi único lujo. El amanecer y el olor a azahar son la escasa familia que me queda, recuerdo el abrazo de mi madre pero siento vergüenza de mí mismo, me cuesta mirarme a la cara pues ya no reconozco ni mis motivos y me aterran mis ojeras, busco la oscuridad de la noche en vela para discutir con mi conciencia que ha sido un juez injusto ante las huellas de mi vida. Las calles son ahora mi peregrinaje y sus aceras mi destierro donde me fijo en la gente, en su andar impersonal con zapatos de diseño, evito sus ojos pues la memoria me juega malas pasadas, luego hablo a solas para recordar mi voz aunque soy mudo para un mundo que tiene ceguera hacia mi persona, y me mira, pero no quiere verme pues siente miedo ante mi negra realidad. Mis sucios pies doloridos se retuercen en este viaje, sin bastón alguno que sirva de apoyo, y a veces deseo terminar con todo y acostarme ante la eternidad a la orilla de la carretera, ya no creo en nada pues mi horizonte son paredes de grises edificios, pero aún tengo esperanza en poder legar algo al mundo, aunque sea este testimonio a modo de señal de advertencia, para que sirva de faro en vuestro cómodo sendero.

jueves, 25 de noviembre de 2010

NO AL MALTRATO.

-¿Dónde estoy? ¿Quién eres?-
-Acompáñame, vamos a dar un repaso, tranquilo esto va a ser rápido. Mírate de pequeño, eras feliz, un niño más con una vida bastante cómoda, un buen colegio, buenas ropas, dinero para bocadillos y muchos juguetes. En el instituto ya rondabas chicas, parece que tenías éxito con ellas, los chulos siempre han sido bastante atractivos para las jovencitas. Este es vuestro primer beso, la imagen es bella pero te pudo el ego, no soportabas que nadie la mirara, que nadie fuera más que tú, ni tan siquiera ella. Mira, tu primer guantazo, pocos meses antes de tu boda, bonita celebración estaba muy guapa con ese vestido blanco. La primera paliza, otro gran recuerdo, por no calentar bien las lentejas, qué cómodo es llegar a casa después de ver un partido de fútbol y partirle los dientes. Moratones y cejas partidas, en honor de las lágrimas de tus niños y brindadas con una copa de whisky. Se acabaron las sonrisas, tu casa olía a miedo y hoy te has pasado, encima no has sido capaz ni de confesar, te has pegado un tiro al lado de su cadáver y te atreves a preguntar quién soy.
-Espera. ¿Dónde vas? No me puedes dejar aquí solo-
-Este es tu castigo, toda una eternidad pensando en lo que has hecho con su vida, por creerla una esclava ante tus ojos, ahora serás tú el esclavo del tiempo y de tu propia conciencia.

-¿Dónde estoy? ¿Quién eres?.-
-Tranquila, ya ha pasado todo.

domingo, 31 de octubre de 2010

Cada Tarde.

Cada tarde despierta de su sueño mediterráneo, costumbre desde la infancia. Se pone delante del espejo y se mira las arrugas concienzudamente, como temiendo que el paso del tiempo afecte a sus pensamientos, al igual que un reloj de arena consumido al que ya no se le puede dar la vuelta. Comprueba que todo va bien, que no es nada más que la vida proponiéndole otro pulso, otra pelea más y ya son muchas, pero no desfallece. Se enfunda en la camisa recién planchada por su mujer y con aire torero, como si aún contara 20 primaveras, se coloca la chaqueta y se aprieta la corbata. "Hay que comprar unas coderas nuevas" le dice María, "Bueno mujer, ya habrá tiempo..." Recoge su maletín, el de siempre, y le da un beso a su novia, la sigue viendo así y es que no puede evitarlo, la roza como la primera vez, no la percibe de otra manera, no la comprende de otro modo.

Y sale a la calle mirando siempre al horizonte, disfrutando del viento en la cara y haciéndole frente, aún no ha perdido la planta, eso piensa preparándose, concentrándose. Anda y anda casi paseando, como jugando a no tener prisa y sólo baja la cabeza cuando pasa por delante del auditorio, es su señal de respeto a tantos momentos vividos, a tantas tardes de gloria dentro de ese bendito templo que se levantaba enfervorizado ante su arte, no hace mucho que no se atrevía ni a pasar por su puerta.

Llega a su esquina junto a la plaza, todo a su alrededor son sombras anónimas que no cruzan miradas, máquinas deshumanizadas piensa. Se acuerda de aquella frase de Quino, de esa cuestión al aire que tanta gracia le hacía cuando no tenía preocupaciones: ¿No será acaso que ésta vida moderna está teniendo más de moderna que de vida? Se ríe de sus ocurrencias mientras afina su vieja guitarra, las demás las tuvo que vender, pero nunca aquella que le regalaron cuando era un simple niño de la posguerra y todos decían que tenía un don, que debía ir a estudiar fuera, cuántas cosas tuvieron que hacer sus difuntos padres para poder sacarlo adelante. "Es una batalla más, nunca he llorado, nunca me he rendido, nunca he pestañeado ante las circunstancias", se dice. 

Y suena la primera nota, aquella de su amigo Joaquín que tanto echa de menos, aquella que lo transporta al mismo cielo, a su cara sin arrugas, a esas 20 primaveras y tantos sueños por delante, anécdotas de la vida ahora se observa postrado ante la mala suerte sin más arma que su experiencia y algunas canas de más. Nadie mira, nadie para, nadie conoce a nadie y esa melancolía lo transporta y lo motiva, improvisa y pelea con sus notas ante las inclemencias de la vida y con la ayuda de sus maltratados dedos a modo de alegóricas saetas siempre vence, siempre. Recoge su pequeño triunfo diario, no es mucho pero le da un poco a un niño que lleva un rato recogiendo chatarra en unos contenedores de al lado, ¿esto era el desarrollo?. 

Ya vuelve a su casa relajado, sin nada más que decirse hasta que observa la tenue luz de su ventana, lleno de rabia piensa que creemos haberlo inventado todo, pero no somos capaces de recordar el amor, nos estamos perdiendo como en un sueño. En su eterna búsqueda de la felicidad jamás dejó de amar, pero ahora todos creen que el amor les pertenece y en ese mismo momento desaparece junto a la felicidad, como en un sueño. Ya solo piensa en María, es la que le saca las fuerzas todavía y no sabría qué hacer sin ella, se da prisa para volver a abrazarla como cuando eran inocentes, las coderas pueden esperar...




miércoles, 27 de octubre de 2010

Más Que los Leones

Amanece un día más en Madrid, el otoño ya avisa a las bufandas que empiezan a hacer pasarela por las calles de la capital. En la zona de las Cortes junto al Congreso de los Diputados, por Neptuno, todo es un hervidero ya. El olor a porras se mezcla con los pitidos y las prisas de la calle, los bares crean un popurrí de humo y café entre corbatas y cascos de moto. Añejo y castizo, el Bar Miguel (llamémosle así) abre como ha hecho toda la vida, a la misma hora para la misma gente. Fachada de madera verde, con cristales color sepia y puerta de doble hoja presidida por una leyenda: DESDE 1910.

Pero bueno qué hacemos fuera, entremos dentro que a este paso nos vamos a quedar helados. El local es clásico, algunas mesas al fondo llenas de personas y desayunos varios. La barra es oscura, larga y alta, con un apoyabrazos de color dorado raído que le da un toque señorial a la estampa. El suelo es rojizo, da la sensación de ser el mismo que se puso cuando se montó el local, como si las inclemencias de las pisadas, cenizas, serrín y múltiples lejías no le hayan pasado mucha factura. Allí está don Santiago, en la esquina de la barra donde siempre coloca su bastón, con la copa de anís hasta la raya roja por la hipertensión y el ABC junto al AS más que leídos y repasados a su vera, es la típica persona que siempre se sienta en el mismo sitio en los bares y que si te fijas parece que nunca paga. Dentro Miguelín, el dueño tras la jubilación de su tío, un cincuentón bajito con cara redonda y rosada, casi a juego con el piso. Faenado, agobiado y, hoy, claramente acatarrado, siempre con cara de pocas ganas, debe de ser del Atleti o gustarle Sabina.

No pasan ni cinco minutos cuando entra el primer diputado, don Adolfo Rosales de Encinas (llamémoslo así) impecable como siempre, luce un elegante traje gris marengo de raya diplomática, corbata roja y unos zapatos derby. El pelo corto, grisáceo y un bigote a lo Paul Newman en El Color del Dinero, por su pinta debe saber qué tonalidad tiene este. Avanza y se sienta, mientras deja las llaves del BMW encima de la barra y una moneda de 2 euros, se puede entrever un precioso Rolex en su muñeca.

-Buenos días. Don Santiago.- El viejo responde con una mueca en la cara sin mucho entusiasmo.
-¿Lo de siempre don Adolfo?- Pregunta Miguelín.
-Un carajillo, unas porras y El Mundo, por favor.-

La experta habilidad del camarero, le permite tener su pedido listo en menos de dos movimientos del minutero de su lujoso reloj suizo. Mientras remueve el carajillo saca un cigarro de la chaqueta y lo humedece con el líquido, va ojeando la portada del diario El Mundo, enciende el pitillo y a las porras no les presta atención, cuestión de costumbres.

Al poco se vuelve a abrir la puerta y entra la segunda señoría de la mañana, Jose Antonio Hierro (llamémosle así) tiene toda la pinta de un anarquista ruso del siglo XIX, melena desaliñada al gusto de la moda, patillas largas y anchas a lo Franz Beckenbauer en la final contra la Naranja Mecánica de Cruyff. Lleva puesta una chaqueta de pana color marrón oliva que emocionaría al propio Felipe González, una camisa de cuadros, unos pantalones chinos oscuros y mocasines con bordones. Suelta el casco de su Vespa en un taburete y pone 2 euros encima de la barra, con un gesto tosco de la palma de sus manos.

-Hola Miguelín. Buenos días don Santiago.- El viejo hace la misma mueca que con el anterior, parece que la tenga ensayada.
-¿Qué le apetece hoy señor Hierro?- Pregunta Miguelín.
-Un descafeinado de máquina con sacarina, media tostada de integral con aceite y tomate y El País, si puede ser.- A los pocos minutos, tiene su desayuno encima de la barra.
-Hombre Adolfo, que descuidado soy, no te había visto. ¿Qué haces tú por aquí a estas horas? ¿No entras a votar los presupuestos?- pregunta con sorna el "joven".
-Bueno, digamos que desde el 23F no me gusta entrar muy temprano, no vaya a ser que me pille dentro.- Contesta Adolfo, con pocas ganas.
-¿Tantos años llevas aquí? Desde el 23F... Debes ser de la generación del alcalde de Valladolid entonces.-
-No, soy de la de Pepe Blanco, pero sin plumero.-
-¿Qué te han parecido las declaraciones del alcalde?-
-Bueno, son comparables a las de Alfonso Guerra en su momento.-
-Los de la vieja guardia nunca olvidáis.-
-¿Y a usted qué le parece cómo está el país? El 30% de los jubilados viven bajo el umbral de pobreza.-
-Bueno, ya sabes, hay épocas y épocas, unas con más valores y otras con menos.-
-Claro, como los valores de su camarada andaluz.-
-¿Qué camarada?-
-El vicesecretario andaluz, un señor con valores. Ha dimitido porque se han encontrado unos 700.000 € en subvenciones, para la empresa de su mujer. Muy poco inteligente eso de guardar el dinero en la caja de la trastienda.-
-Bueno, quizás debería haberle preguntado a algún colega valenciano suyo dónde guardarlo.-

De repente Miguelin, harto de este absurdo e infantil partido de tenis improvisado y con un dolor de cabeza creciente, debido al resfriado, entra en la conversación:
-¿Y qué opinan ustedes del niño de 14 años que mataron a sangre fría unos soldados marroquíes anteayer en el Sahara?
-Esto... me tengo que ir a votar los presupuestos, buenos días les dé Dios.- Dice Adolfo, saliendo como alma que lleva el diablo.
-Yo también, que llego tarde, a más ver.- Responde Pedro siguiendo la estela de su colega de profesión.
-Tenía usted razón don Santiago, es nombrarle el Sahara a un político y salen volando.-
-Asi llevo toda mi vida sin pagar un anisete Miguelín, anda lléname y te cuento otro truco.-
-Sabe usted más que Cánovas del Castillo, don Santiago.-
-Más que los leones Miguelín, más que los leones...-

miércoles, 14 de abril de 2010

Marqués del Bufonado, payaso de Andalucía.

Sentencia un refrán castellano, más viejo que la cruz de Santiago, que "al mal tiempo buena cara" y esto me recuerda a todos los tópicos andaluces que aquí, a diferencia de en otros sitios, son fáciles de encontrar. Cuando lo pienso me da rabia y me hace gracia a la vez, supongo que mi subjetividad sobre este tema provoca esta reacción, pero ver a ciertas personas hablando de "su Andalucía", de ese señorío y esa grandeza inventada a base de llenárseles la baba de manzanilla en los reales de las ferias, es algo que me saca una carcajada pero me entristece a la vez.

Hablan de nuestra tierra con el mismo poco sentido que les precede el no haberla tenido entre sus manos, de sol a sol y con un paupérrimo jornal, y la venden por unas copas como si de las monedas de Judas se tratara. Qué gracioso y lejano les sonará esto que digo a algunos, con lo bonito que queda eso de "desde sus bastas serranías, pasando por sus bellas campiñas hasta llegar al inmenso precipicio de la mar", que ellos llaman el mar o, en su defecto la playa, porque lo único que han hecho allí es tostar sus pieles con bronceador. Y es que muchos no se dan cuenta que fuera de esos poéticos latifundios hay una forma de vernos en la que solo representamos la pandereta y los trajes de lunares, somos unos incomprendidos por haber nacido en un tercer mundo llamado Andalucía y, la verdad, es que al parecer nos lo merecemos.

Si más de uno levantara la cabeza se moría del susto, de ver que todo por lo que luchó ha caido en saco roto. No hace mucho que aquí, en la baja Andalucía, los días empezaban al alba con un pico y una pala encima del hombro y las manos estaban llenas de callos y de rabia contenida, y si no había dónde trabajar los humildes analfabetos hacían el hatillo para irse al extranjero, a ganarse la vida y un mísero dinero que mandar a sus madres o mujeres, para echarle un poco de pescado al agua con cebolla que comían sus familias, mientras ellos recordaban su tierra y sus costumbres, entre suspiros se sentían fuera de lugar y envidiaban la estabilidad de las democracias europeas, que los trataban como a bestias de carga y los echaban con una patada en cuanto sus contratos temporales expiraban. Pero el incrédulo andaluz siempre estuvo ahí para dar mano de obra y dinero al Estado, como el perro que es abandonado por su amo y, por no entenderlo, siempre vuelve pese al maltrato de su dueño, mientras que la España que hoy lucen muchos en el pecho, lo único que hacía era ser un cacique más entre tantos y, lecciones de la historia, a la vuelta de hoja eso es lo que intenta aparentar más de uno de esos "señoritos andaluces" hoy día.

Hoy me pongo el único traje que tengo, que el lunes hay que ir de punta en blanco, para el martes y el miércoles, por si acaso, me he comprado un par de chaquetitas claras y un clavel, así nadie se da cuenta de que repito el pantalón, y el jueves cuando no me quede ni un duro digo que me voy a la playa aunque me quede encerrado en mi casa, que el fin de semana se atesta de catetos y yo que soy un clasista, no soy amante de mezclarme con los de pueblo, aunque mi abuelo se crió entre cabras, pero bueno, eso nadie lo sabe. Ahora me engomino el pelo y me arreglo las patillas, bien larguitas, tanto como mi ignorancia y vámonos para el real, pero bien pronunciado, no vaya a ser que los madrileños piensen que soy un paleto, que cuando me gaste los 20 euros me tienen que invitar a las copas, en fin, lo arreglaré con algún chiste de curas, que a bufón no me gana nadie, payaso pero con señorío, que para eso voy de etiqueta.

Y en el real ya está el señorito apoyado en la puerta de la caseta para que lo vean los turistas y le hagan una foto, pero tú aquí no entras que esto es privado y yo por esta época soy un elitista, todo esto aderezado con su copita de manzanilla que está malísima pero el rebujito es de obreros. La conversación estrella son los toros aunque la plaza no la hayan visto nada más que en fotos o pidiendo un préstamo, todo esto sin moverse del sitio, como a puerta gallola que eso es "mu sentío", cuando se aburre suelta algo de la semana santa, puede que no haya ido a la iglesia desde su primera comunión, si es que la ha hecho, pero bueno es lo que pega cuando estás de feria. Y cuando ya está calentito entra a bailar sevillanas que, irónicamente, hablan de cómo pasa la vida, "qué de arte tiene er tio" pero con cuidado, eso siempre, no vaya a ser que se despeine y cuando tenga que engañar a alguna tonta no tenga buena presencia, aunque el alcohol en esto ayuda porque despierta la lengua andalusí, pero sin mancharse nada, que el pantalón hay que usarlo mañana y castellanos no tiene otros.

Y debe de ser verdad eso que decían los castellanos, no los zapatos sino las personas, pensar que aquí todo va bien aunque sea mentira, será que es muy del sur y por eso le hacemos gracia a los de afuera, no solo a los "guiris", que en las ferias hay muchos nórdicos de los del norte que vienen a echar el rato con los sureños del sur y cuando se van no paran de reírse, pero no precisamente de nuestros chistes. Qué fácil es sentirse un caballero andaluz cuando, en realidad, llevamos la cartera llena de sueños y la mente vacía de patrimonio, pues no tenemos vergüenza ni para reconocer que somos el hazmerreír de medio mundo, por eso me hace gracia cuando veo a alguien hablar de nuestra majestuosidad y nuestra noble jerarquía, y me da mucha pena ver que tratamos nuestra tierra como si de una prostituta se tratara. Quien olvida su pasado, de dónde viene y hacia dónde va, está condenado a vivirlo en el presente, que ya lo dijo Enrique Villegas: "Dice un refrán español, al mal tiempo buena cara, pues a ver si el refrán lo cambian porque ya estoy harto yo de tener buena la cara, y enfermo el corazón".


 
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