jueves, 20 de octubre de 2011

Aquí tienes mi nuca...

Recuerdo aquella tarde como si fuera ahora mismo. Sentado en el suelo, con mi pelo afro indomable y el trasero congelado, miraba sin perder detalle mi vieja Grundig en el salón de mi casa. Millones de personas llenaban la Castellana y todos sentados formaban simbiosis, entre el silencio y aquella frase tan dura. Juntaban los dedos pintados de blanco por detrás de sus cuellos y yo, en mi infantil pensamiento, pensaba que estaban locos, que los iban a matar a todos, igual que a Miguel Ángel.
Ese fue el principio del fin, ya sólo asustaban a los niños. Claro que iba a seguir corriendo sangre, claro que se iban a seguir cometiendo barbaridades, pero algo había cambiado. España entera había dejado de decir aquello de "no sirve para nada, ahora estarán descojonándose mirando el televisor en sus cuevas". Se llenaron las calles de rabia contenida y se les plantó cara con la mayor fuerza que existe, la de la libertad.

Eran lobos sedientos de sangre, y que me perdonen los lobos por tal comparación. Pero cometieron el fallo de olvidar su causa si es que existía, o quizás fue ella misma la que se les puso en contra. El cazador les enseñó que podía cogerlos sin escopetas, sólo con inteligencia y buenas trampas, así poco a poco les iba acotando el terreno. Se convirtieron en sicarios, representantes de una tierra que no les debía nada. Cuánto vasco se habrá aguantado la lengua, cuántas veces habrá tenido que mirar para otro lado, cuántas extorsiones a punta de pistola...

El vasco es un pueblo maltratado, por sus propios independistas y por la opinión pública más extremista. Se merecen la afirmación, de que allí hay gente buena y mala, como en todos lados. Y de pueblos en este tema, toca hablar de mi tierra, que es de la que algo entiendo. Olvidamos nuestra historia, por el bien de la democracia, podríamos haber escupido espuma por nuestras bocas, pero no lo hicimos. Por eso sé que somos de otra pasta, por eso cuando mataron a aquel matrimonio y los siguieron, los acorralaron y los pillaron, supe que éramos imparables. Cuando vi a aquel chaval, casi de mi edad, leer aquella carta, comprendí que ya no le daban miedo ni a los niños.

Me he enterado en Televisión Española. Miraba la pantalla, entre perplejo y emocionado, ya me lo esperaba hace tiempo, pero no lo lograba palpar en mi imaginación. Me han entrado ganas de salir a la calle y gritar, de respirar aires de libertad, como aquella canción. Pero sólo me he levantado, he cogido un vaso de agua y, mientras bebía se me ha dibujado una sonrisa de oreja a oreja. Es un día feliz, leguemos a nuestros hijos toda nuestra historia para que no se vuelva a repetir. No lo individualicemos, sería borreguil, esto es de todos. Españoles de mil mentalidades, de 50 provincias, de su casa y de su madre.

Y va por todos los que nunca dudaron, por aquellos setenteros "años del plomo", cuando buenas personas salían a la calle con una pistola enfundada, dejando a sus hijos en casa, en dirección hacia el Congreso, para luchar por igualdades sobre algún escaño. Por todas las fuerzas del Estado, por los que no taparon sus caras, por los que descansan en paz, porque murieron con la cabeza alta. Por todo lo que hemos aguantado, por las ganas que entraban de ir a comerse un bocadillo de jamón delante de De Juana Chaos...

Y así esos asesinos se han apagado, como una vela en un cementerio. Ya sólo les queda la conciencia, les acompañará en la sombra. Porque la conciencia es la peor compañera, el peor verdugo de un humano, los consumirá como a árboles podridos. Espero que cada noche, cada vez que apaguen las luces, les entre un frío seco en el gaznate, y que todo lo que sueñen sólo sean pesadillas. Que la sociedad les conteste con el mayor guantazo, el silencio y la indiferencia, la misma que llevan muchos años dándonos. AGUR.

martes, 11 de octubre de 2011

Perro andaluz sin domesticar.

Sonaba en la radio la aceitosa voz de Sabina y me ha sacado de mis resacosas sábanas:

Este museo de arcángeles disecados,
este perro andaluz sin domesticar,
este trono de príncipe destronado,
esta espina de pescado,
esta ruina de Don Juan.

Al sol del sur despejaba mi conciencia, un día más a vivir a costa y cuenta de otros, como todos los catetillos de aquí abajo. He salido rápido, no corría tanto desde los Duros Antiguos, que tenía mucha prisa, porque me esperaban en la tasca de la plazuela, para ponerme fino de manzanilla, mientras se formaba jarana en una esquina, y todo esto muy tempranito. "Que trabajen los del norte" cantaba la niña, mientras nos llenaban botijos, los mismos que llevan 200 años llenándonos sin que hayamos cambiado nuestras costumbres, no somos amigos de la evolución, ¡si eso no sirve nada más que para calentarse la cabeza!

Quizás eso le pasó a nuestro protagonista de hoy, se le calentó la perola con este veranillo del membrillo que estamos sufriendo. Quizás eso es lo que desearía nuestro amigo Josep Antoni, en sus sueños húmedos vuela por los campos andaluces repartiendo catavinos y nobles lecciones de laboralismo responsable, que al yonqui hay que darle la jeringuilla mientras se le enseñan curas de humildad y nobleza, a niveles inalcanzables para su ignorancia.

No entiendo a quien va de cultureta por la vida, de gafapasta antidemagogia, metiéndose en callejones sin salida, colgándose sambenitos como quien se fuma un pitillo. Y encima lo más gracioso, es que sabe que correrán ríos de tinta, que habrá coplas en carnaval y que más de un inútil como yo, se reirá de él sin llegar a insultarle, sin rebajarse a su nivel.

Métase usted don José con un ciudadano finlandés, con todos mis respetos pareados al país del invierno eterno, porque seguro que no presumen de tan fino sentido de la sátira o ironía, como gustamos de rebosar nosotros los andalusíes, le hablo en términos medievales, que parece que es lo que usted comprende. Pobres políticos por sus catalanes, que no tienen culpa de nada y ellos, desde su atrio, tan dignos, limpios y acicalados, tienen que aguantar el lastre que es soportar al resto de una nación, a años luz de su "Catalonian Way of Life".

Ay, José, José... ¿quién te ha visto y quién te ve? Cuando recorrías las calles de tu natal Huesca, seguro que no destilabas tanto catalanismo recalcitrante. Tiene que ser muy duro nacer aragonés y sentirse catalán, es como ser almeriense y tener orgasmos con el giraldillo, en el fondo te comprendo aunque yo sí tengo clara mi bandera. En fin, lo dejo tranquilo, vaya usté con Dió y aquí tiene zu caza, CI Uzté veh conveniente. No me haga mucho caso y no se vaya a molestar, total es evidente, sólo le habla un borracho.




Aquí las declaraciones de don José: Voz de Barcelona

lunes, 10 de octubre de 2011

Pan y toros.

No había visto Pa Negre hasta que la han seleccionado para los Óscars, reconozco mi sensibilidad por lo mediático en temas cinematográficos, adoro a los Cristianos Ronaldos del celuloide. Quizás mi despreocupación mientras sólo era una obra goyesca, se debía a la caspa que rezuman las historias sobre nuestra Guerra Civil, son pan de otras generaciones y vino de las venideras. Pan y toros me atrevería a decir yo, a ritmo de pasodoble. Era la España de posguerra, donde la muerte forzada era tan común como un porrón de agua en verano y, es cierto, Agustí Villaronga consigue ese ambiente rural místico, a modo de mujeres enlutadas y frases lapidarias.

De buen gusto la normalidad bélica, mejor dicho, la monotonía causal de la lucha entre armas, donde vencidos se ponen mirando a Cuenca a favor de los triunfadores. Claro que, el entorno político siempre me parece banal, porque no fue si no esta guerra un simple pretexto para eliminar al vecino del pueblo, al que no te caía bien, no fue más que la razón que tenían los que ya mandaban para mandar aún más. Quizás más culpa de republicanos por entretenerse en ambigüedades, que de sublevados por aprovecharse de la situación.

Genial la capacidad de "catalanizar" al espectador, que se olvida de filosofías baratas del centralismo nacional, para ver una historia más de las miles que se podrían mostrar, sobre una época de nuestra historia que seguirá latente hasta que nuestros nietos vistan canas. Quizás la sencillez, el dogma del menos es más, hacen de esta película un dulce apetecible con un final tajante, digno de llevarse una crítica en un blog que no es de críticas, como es el mío.

domingo, 9 de octubre de 2011

A mis 25 primaveras.

Este fin de semana he marcado un cuarto de siglo en mi casillero temporal o, lo que es lo mismo, ya tengo 25 años con los que presumir de prematuras canas y tardía madurez. Tras una feria en la que los turreros/as presumimos de las losas que cambiamos de un lugar para otro del pueblo, curiosa afición la nuestra. Tras una lección de chovinismo avanzado, en la que escuchamos a la gente de fronteras fluviales para afuera comparar nuestras fiestas con una moderna Gomorra. Tras todo eso que no es poco, la realidad me trae de nuevo a mis tiernas tierras de la baja Andalucía.

Y de andaluces es mucho lo que prima decir de la actualidad. Aquí abajo los que se quedan con la primera impresión, nos empachan y empapan en demasía con el recurrente tópico que les gusta tanto a los políticos, la llamada paridad. Será porque en términos poéticos Andalucía representa mejor que nadie la tristeza y la alegría, llevado al manido extremo, como si todo lo que nos corre por las venas fuese la eterna lucha entre dos partes. Como cuando el sol que nos tuesta todo el año discute con la sombra celosa, que le reclama cada día el privilegio de refrescarnos y olé.

De dos partes quizás, válgame la incomprensión, sea nuestra nación o nuestro popurrí de naciones, como a mí me gusta llamarlo. Ayer escuchaba a don Mariano saberse ganador y a don Alfredo, saberse vencido. Pero eso no me sorprende, quizás el regalo de cumpleaños que no me esperaba por parte de esta sociedad, es que nadie lo ve anormal. Vivimos en aquello que nuestros profesores nos repetían muchas mañanas de invierno, sin que nos entrara en la cabeza, que a veces ni con sangre entra la letra, una partitocracia o un oxidado turnismo. Este es el país que hemos construido con muy buena fe pero muy mal seso, la eterna disputa entre dos, la de los toros y la antitaurina, la culé y la merengue, la católica y la atea, la roja y la facha... Y a mis 25 primaveras cuando aún me siento un niño, a mí ya sólo me extraña el mirarme al espejo cada mañana y no reconocerme al otro lado.
 
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