martes, 22 de mayo de 2012

Comida Familiar.

La mesa está rara, habrá una silla vacía, la del mediano que hoy no viene, andará tirado en alguna plaza. Mientras papá pone la mesa piensa que ya no puede más, toda la mañana lleva en el taxi para tres carreras, y toda la tarde que se va a pegar, incluso si puede permitirse un par de horas nocturnas no les va a hacer asco. La comida siempre es sencilla, la misma vajilla que los ha criado es la que los aguanta de mayores, lo ahorrado es para un futuro mejor, a secas y sin vaselina, y si este verano nos quedamos en casa pues habrá que cortarse con el aire acondicionado, que no está la cosa para lujos. Tenemos que aguantar como sea...

Mamá, mientras tanto, está calentando en la cocina lo que dejó anoche preparado, el puchero que su madre tan bien preparaba, la herencia del que siempre da olor a un hogar varios días, el de toda la vida. Mueve el cucharón y hace cuentas, que si son 400 de hipoteca, más 600 que van a tener que sacar, además de los 800, contando con otros 300 para la chapuza, y que la virgen nos pille "confesaos" y nos mantenga la salud... No sabe cómo lo va a hacer, esta mañana en la oficina escuchaba la radio, los testimonios de esas personas que están peor que ellos y cogía aún más nervios. Al menos nosotros no tenemos que pagar un alquiler para el niño... Se siente extraña.

Apatía casi monótona la del abuelo, sentado ahora en el sillón. Esta mañana se ha llevado a la pequeña al parque, la veía correr y juguetear, sabedor de que aún no se da cuenta de nada, ni tan siquiera de lo agraciada que es por tener la posibilidad de poder expresarse con libertad, todavía. Para ella esto son unas minivacaciones, y es mejor que mantenga su inocencia por lo menos un par de años más, eso piensa el viejo. Le parece todo tan extravagante, el mismo día que su nieto se rasga las vestiduras en cualquier plaza de la ciudad, saltan a la luz declaraciones como la de Esperanza Aguirre o noticias como la de Mourinho, que él es muy madridista y le gusta que renueve, pero uno que ya sabe más que el diablo no le huele bien tanta coincidencia. Se hablará más en las calles de eso que de la lucha de los jóvenes... Los medios, siempre los malditos medios...

Marina, la mayor, está hasta arriba y ha perdido peso. Llega sofocada al ascensor mientras lo nuevo de Marlango quema sus auriculares, siempre le ha gustado evadirse, no se ha metido con nadie y no ha destacado nunca en nada. Tampoco ha querido complicarse, maduró muy pronto, se hizo arquitecta y ahora, se siente traicionada. Sabía lo de la burbuja, sabía que el ladrillo no era pan para toda una vida, pero ella hizo lo que sentía que quería hacer. Cuando salió al mercado era ya un producto obsoleto, se dio cuenta que para lo suyo, o tienes enchufe o te matas cobrando una miseria. Y aquí estamos porque hemos venido...

Saca las llaves repletas de llaveros y su madre ya la siente como si de un cascabel se tratara, no nos merecemos esto, piensa, y coge la olla para llevarla a la mesa. El ambiente es peculiar, como de otra época, parecen competidores inesperados de Cuéntame, y no es una cosa que provoque mucho orgullo en pleno siglo XXI, lo triste es que ellos todavía están hasta bien, cuando la pequeña crezca será otra cosa. No se oye ni el sorber de la sopa casera, alguien intenta sacar a conversación lo de la manifestación de la Falange, pero sólo recibe un "pásame el pan" por respuesta, ya están cansados de la misma historia... Terminan y cada uno vuelve a sus quehaceres con los besos y cariños que corresponden a una familia unida. Mamá y la pequeña se van al super y a las clases particulares, papá al taxi y Marina a la oficina de nuevo, a terminar proyectos que no firmará. El abuelo, vuelve a su cuarto, a intentar dormir la siesta, ha sido una larga mañana, mira la foto de su mujer y pone la radio un rato, mientras suena una vieja canción empieza a cerrar los ojos. Me es todo tan familiar...

 Pobrecito mi patrón,
piensa que el pobre soy yo...
Qué me importa ganar diez,
 si sé contar hasta seis...




lunes, 21 de mayo de 2012

Un día, un sobre de azúcar dijo:


"Hay personas que nos hablan y ni las escuchamos, hay personas que nos hieren y no dejan cicatriz, pero hay personas que simplemente aparecen en nuestra vida y nos marcan para siempre."

Supongo que este cuento trata sobre eso, es distante como el humo de una chimenea que deja un perenne negro sobre el blanco de la pared encalada, tan oxidado ya en la mente que esta es capaz de imaginar las lágrimas que pueden aparecer si se acerca demasiado. Como ese humo, flotamos preocupados por nuestras ilusiones, por sueños infundados en bienestar y nubes de algodón, sin aportar nada nuevo al mundo más que molestias y malos modos. Un grito sordo al aire que no hace nada más que rozar las cumbres de la soledad, que tiñe de blanca empatía nuestra forma de ver todo lo que nos rodea. 

Así de simple sería todo, si no fuera por las personas, por el sintagma que pueden llegar a formar la amistad, la familia o una simple sonrisa cruzada en una anónima calle con un anónimo semejante, todo eso es lo que nos hace humanos, seguimos siendo frágiles pero nos recuerda que, dentro de cada uno, hay un corazón que late al compás del de los demás. Siempre me he dado cuenta de los prejuicios que tod@s tenemos, sin querer observamos a quien nos rodea con suerte de tercera persona y, hasta que no lo reconocemos como alguien particular, común dentro de nuestra monotonía, no llegamos a sentirnos bien a su lado. Supongo que eso es madurar o tal vez sobrevivir, siempre hay reflexiones que no tienen respuesta.

Yo me encerré en mí mismo, otr@s lo llevaron a la amargura y, l@s que más, sólo pasaron página, es así, cada un@ soluciona sus problemas con la misma libertad que los elige, bueno no, eso no sería justo, quizás con el mismo libre albedrío con que le llegan. Cuando lo que nos une se para, cuando los corazones dejan de latir, sólo así es cuando aprendemos lo importante que es mantener el compás con el de al lado. Los cuentos ya sólo acaban bien en el cine, o en la pluma de algún escritor desquiciado, aquí abajo en el mundo real el único consuelo que nos queda es intentar endulzar lo amargo, para poder sobrellevarlo todo sin padecer un ataque de nervios. Saberse querido quizás sea el mayor regalo que existe, saberse recordado debe de ser la más bella razón de nuestro paso por este barrio y ya, lo dejo, porque no puedo seguir escribiendo...



A ML, por guardar los sobrecitos de azúcar, y a ti amigo, que siempre estás presente.
 
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